Las
Pléyades (Objeto Messier 45), forman uno de los cúmulos abiertos más cercanos a
nosotros. Situado a tan sólo 450 años luz (cuarta arriba o abajo), son perfectamente visibles sin
mediación de lentes ni espejos de aumento.
Esta
peculiar reunión de estrellas ha recibido, a lo largo del tiempo, nombres tan
sugerentes como “Las siete Hermanas”,
“Las siete Cabrillas” o “Los siete Cabritos”.
Los antiguos
griegos, que las llamaban en su lengua “Las Palomas”, pronto les encontraron
una utilidad práctica para sus vidas cotidianas: Las usaban para realizar
valoraciones de la agudeza visual de la gente.
Los
oculistas helenos pedían a sus pacientes que mirasen al cúmulo y declarasen el
número de estrellas que veían en él. Si afirmaban que percibían siete es que
veían bien y, por tanto, no eran buenos clientes para el facultativo de los
acais (¡Coñ! era la A). Si veían menos es que algo había de falta, y algún
dracma se podía sacar en concepto de consultas y sabios consejos. Si veían una
informe mancha pálida, la cosa ya podía necesitar un tratamiento que, aunque de
inciertos resultados clínicos, seguro que podía cambiar de bolsa algunos
estáreos o tetradracmas. Si no veían
nada, ni siquiera la vecina Aldebarán, o Sirio, ya es que el tema estaba para
ser derivado a los Oráculos.
En
general, y como vengo diciendo, el cúmulo es perfectamente visible cuando
discurre por el cielo nocturno, aunque en determinadas circunstancias se haga
necesario recurrir a la visión lateral o periférica.*
Dada su
visibilidad y la fuerza de su presencia en el cielo nocturno desde el final del
verano hasta el final del invierno, las Péyades han suscitado la atención de
todas las culturas y mitologías humanas, en todos los tiempos, figurando en los
libros más antiguos y emblemáticos de que se tiene noticia, tales como la Torah
o Antiguo Testamento, el Mahabarata, la Odisea o la Iliada entre otros.
Por
“Mul-Mul” las nombraban los sumerios. Para los antiguos Hindúes su nombre es
Krttyk, y estaban felizmente casadas con los Rishis (siete estrellas de la Osa
Mayor), estado civil que no disuadía de desearlas al dios del fuego Agni. Como las hijas de Pléione y del titán Atlas las
conocieron los griegos. Los por entonces muy lejanos mayas, las mencionaban en
el Popol Vuh o Libro de los Consejos, una recopilación de relatos que pretendía
contener las respuestas a las atávicas
preguntas, aún vigentes, sobre el origen del mundo y de la humanidad, así
como explicar los fenómenos que acontecen en la naturaleza, y todas esas cosas.
Para ellos, el nombre del cúmulo era Motz, algo así como “Montón”.
La
astronomía actual, escéptica ante las incuestionables revelaciones de las
mitologías (también de las actuales), estima por sus mediciones que las
Pléyades son un cúmulo de estrellas muy jóvenes, que se encendieron durante el
periodo mesozoico de la Tierra, hace unos 100 millones de años. Su primera luz,
por tanto, ya pudo ser recibida por ojos terrestres, ya había dinosaurios y
otras muchas especies animales y vegetales que pudieron ser testigos del
celeste natalicio.
Hay
quienes aseguran que nuestro Sol pertenece a ese cúmulo, Pero las cifras lo
desmienten. El conjunto de estrellas, que no son 7 sino más de 500 abarca una
extensión aproximada de unos 12 años luz y, pese a su cercanía relativa de
nuestro sistema, los 450 años luz que nos separan, así como la inmensa
diferencia de edad entre aquellas estrellas y esta nuestra, son más que
suficientes para situarnos fuera del cúmulo, pero la realidad es no pocas veces
diferente del sueño y del deseo. Aunque no siempre es menos bella.
Yo, mi
telescopio y mi cámara, damos fe de que este cúmulo tiene tanta belleza, visto
tal como es, que no necesita antropomorfos “pleyadianos” altos y rubios, ni la contribución del arte y de la
imaginación humana para mejorar su aspecto.
Pongo
aquí la primera imagen que considero presentable de las varias aventuras
fotográficas que me han llevado a dirigir mis bártulos a esas 3h. 47m. 10s. de
Ascensión Recta y esos +24º 7´ 32” de
Declinación.
*Visión
lateral o periférica.
Las
células fotoreceptoras situadas en la retina se conocen como bastones y conos.
Los conos,
concentrados en la fóvea (pequeña depresión de algo más de un milímetro
cuadrado que ocupa el centro de la retina), se encuentran capacitados para la
visión directa, aguda y detallada. Están
situados en el eje óptico. La luz que recorre el eje óptico se percibe con toda
su resolución y su color, y es captada por estos conos, mientras que los
bastones, situados a unos 20º en las
periferias de la fóvea, o sea fuera del eje óptico, visibilizan objetos de
escasa luz, son muy sensibles, tanto a la luz como al movimiento, pero no
captan color. Su gran ventaja y utilidad es que nos permiten ver objetos que
escapan a la visión directa. Por eso hay veces en que cuerpos celestes débiles
o difusos se ven mejor si en lugar de mirarlos directamente se mira a sus
inmediaciones. Es decir, se utiliza la visión lateral.
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